Aquel día el calor era tan grande en Wumen que el cemento parecía respirar, los ginkgos habían bajado las hojas. Yo miraba el suelo. Ellos, todo lo demás. El calor derretía todo menos su sonrisa, que seguía allí, un milagro, casi obscena.
Durante estos años, hemos visitado muchos lugares, y muchas veces. Y sin quererlo, a menudo lo normalizamos. Como el que vive en la costa y se pregunta qué le ven todos al mar. A menudo nos sorprende el entusiasmo de algunos de nuestros visitantes.
Y entonces llegan ellos, con una ilusión en ocasiones desproporcionada. Se quedan parados delante de paredes que tú llevas años cruzando, fotografían un ginkgo como si fuera el último. Y al rato, te encuentras mirando esa pared, ese ginkgo. ¿Qué tiene esto que yo no estoy viendo? La pregunta abre una grieta, y por la grieta vuelve a entrar algo que habías olvidado.
Por eso este artículo es, sobre todo, un gracias. Gracias por todo lo que nos dan y que no sabemos del todo cómo devolverlo. Aquel día, en aquella cola, mientras yo medía el calor en grados, ellos medían otra cosa. Cada vez que vuelven a aparecer, con sus mochilas y sus ganas, vuelven también, calladamente, a enseñarnos a volver a mirar.
